EXTRAÑAS PRESENCIAS
Busco un lugar tranquilo que se parezca a mi casa (¿pero cual?¿y cuantos años sin provar esta sensación?) Doy vuletas y vueltas porque no es facil encontrarla. Recibo una llamada de Choi y decido ir a tomar un café a su casa. Ha llegado su secretaria y me ha preparado unas galletas. Desde la terraza de su habitación en el Hostal Sánchez (que él siente como su casa) asisto a la última parte de una boda. Los invitados tienen en el puño el arroz, listo para lanzarlo a los esposos. Escupo los huesos de la uva que estoy comiendo considerando así, de haber dado mi contributo desde arriba. Los trajes horteras y los peinados surrealistas no me hacen pensar al agobio de esta tarde, el mismo agobio que me hizo escapar y dar vueltas parece lejos. El té está muy rico y las galletas dulces pero sin ser pastosos; echo de menos el Custard de los inviernos de la infancia y unas pocas cosas más, pero no es eso el punto, Confío a Choi que llevo tiempo abburrido por extrañas presencias que como fantasmas (sin voz) se manifiestan por las mañanas temprano y por las noches. No entiendo lo que quieren y no me provocan curiosidad para que se lo pida. Me aburre su presencia y punto. Explico a Choi que a menudo a partir de cuando era niño me he acompañado con presencias que no eran del todo visibles, y que estas últimas, a diferencia de los monstruos que me persiguen cuando estoy estresado, no hacen ni quieren nada. Me sugiere, Choi, de hablar con estas presencias pero no creo que lo haré y parece intuirlo cuando cambio de discurso y le hablo de la boda que estaban celebrando abajo. Desde la terraza de la habitación de Choi observo la llegada del otoño, el cuarto aquí en Granada. Aunque no encuentre una casa que sea mía (pienso también que si me fui de mi casa fue porque buscaba alejarme de la idea de un techo comodo y buscaba algo diferente a una casa...) sigue gustandome pasear por el centro, pasar por las calles donde viví en estos años: Lavadero de Tablas, de Cruz, Arriola, Socrates etc. y jugar con los recuerdos.
La boda abajo ha terminado y ya no hay casi nadie por la calle. Decido volver a mi casa para escuchar los cotilleos de las señoras que debajo de mi pequeño balcón, sentadas en la plaza debaten si el hijo de la Concha volverá a casa de su mujer, y si Antonio dejará finalmente de ponerle los cuernos a Pilar...
Cuando llegue el invierno y los bancos debajo del balcón estaran vacios, pediré a las señoras del barrio de reunirse en mi salón.





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